Ética y objetividad

Objetividadetica

Una pregunta que siempre tengo es ¿cómo puedo saber si una decisión o elección que hago es o no ética? Pienso que mi percepción de lo que es moralmente correcto no tiene por qué ser fiable, ya que está condicionada por mis hábitos de pensamiento, por mi educación, etc. ¿Podrías dar indicadores objetivos que permitan afrontar esas decisiones o cuestiones de una forma más objetiva o racional? (Borja Fernández. Madrid, España).

La pregunta por la objetividad de la ética, y los indicadores objetivos derivados de ésta, es una pregunta realmente compleja que muchos filósofos han intentado responder. Algunos filósofos—una minoría—consideran que la moralidad es completamente relativa a cada cultura o incluso a cada persona. En este esquema, es ético lo que una cultura o una persona cree que es ético. Los relativistas morales consideran que su teoría es la única que explica satisfactoriamente la variedad de prácticas morales que podemos observar en diferentes culturas y tiempos, como por ejemplo el canibalismo, la poligamia, o los infanticidios. La crítica más importante que reciben los relativistas es que la moralidad no se trata de lo es (no es descriptiva), sino de lo que debería ser (es normativa). Por lo tanto, el afirmar que una determinada cultura o un individuo cree que el infanticidio es aceptable es irrelevante con respecto a la corrección moral de la acción, de la misma manera que el que alguien crea que la Tierra es plana no afecta a la curvatura del planeta.

En el otro extremo del espectro están los filósofos que creen que la moralidad es algo completamente objetivo. Para los objetivistas (también llamados absolutistas), que algo sea moralmente correcto es un hecho, no una opinión. A través de la historia, algunos pensadores han defendido que la objetividad de la moralidad se deriva de Dios; otros piensan que se deriva de formas o estructuras universales (algo así como ideas platónicas); algunos otros piensan que se deriva de la razón. El mayor reto de estas propuestas es explicar cómo podemos acceder a los hechos morales; cómo acceder a la visión de Dios, o a las estructuras universales que rigen nuestro mundo, en definitiva, cómo saber qué es ético. Un gran número de filósofos absolutistas hoy en día optan por defender la razón como el estándar por excelencia de objetividad; bajo este punto de vista, los procedimientos racionales tales como la inferencia son los métodos adecuados para acceder a la verdad moral. Ser racional significa adoptar los medios adecuados para conseguir los fines deseados. El problema es que no está claro que la razón por sí misma sea capaz de determinar cuáles son o deben ser esos fines. Uno puede ser perfectamente racional, pero sin sentimientos morales (por ejemplo, sin una sensibilidad hacia lo indeseable del sufrimiento), uno no tendría motivos para escoger un fin sobre otro. Por eso el filósofo David Hume dijo que la razón es, siempre será, y debe ser, la esclava de las pasiones.

Desde mi punto de vista, el relativismo y el absolutismo moral son insatisfactorios, no sólo desde una perspectiva teórica, sino también desde la práctica. Por ejemplo, ninguna de las dos opciones es útil para lidiar con los problemas que trae el multiculturalismo. El relativismo nos lleva a una política de “todo vale” en la que ninguna postura moral es más valiosa que otra. El absolutismo nos lleva a un imperialismo ético en donde se pretende imponer unos criterios supuestamente objetivos a los demás, pero sin ofrecer una manera universal de acceder a esa objetividad.

Por ello creo que lo más adecuado es un camino medio, una ética que se centra en el bienestar, de manera que permite cierta flexibilidad, pero siempre bajo los límites de aquellos comportamientos que evitan el sufrimiento propio y ajeno. Es un camino medio porque es un criterio suficientemente amplio como para incluir cierta variación cultural e individual, pero no tan amplio como para incluir cualquier acción como moralmente aceptable. En otras palabras, hay muchas maneras de tener una vida ética, pero no cualquier manera de vivir puede catalogarse como ética. La evidencia empírica sugiere que hay culturas que logran tener niveles similares de bienestar con tradiciones muy distintas, y hay culturas cuyas tradiciones afectan negativamente el bienestar de los individuos. Diferentes culturas e individuos pueden encontrar placer en diferentes cosas, pero como seres humanos hay cosas que valoramos universalmente (como la amistad), y cosas que nos producen sufrimiento (como ser rechazados por nuestra comunidad).

En mi opinión, sólo es posible hablar de ética porque existen seres que son capaces de sentir sufrimiento, dolor, bienestar, y placer. Por eso creo que lo más importante es considerar el efecto que nuestras acciones u omisiones pueden tener en nuestro bienestar y el de los demás; ese es el indicador más fiable que puede haber para saber si una determinada acción es ética o no. Aunque no siempre, en muchos casos también es el indicador más próximo a ser objetivo: hay pocas cosas más reales e indiscutibles que el sufrimiento.

Esta propuesta, no obstante, lejos de proporcionar una solución definitiva, plantea más dudas. Por ejemplo, ¿cómo cuantificamos el bienestar o el sufrimiento para comparar dos posibles acciones? ¿Y qué pasa cuando hay que escoger entre una consecuencia deseable para el bienestar de muchos y una acción que nuestra intuición nos dice que es en sí misma inadmisible (como el sacrificio de una persona inocente)?

No hay respuestas fáciles a estas y otras muchas preguntas; los dilemas morales tienen que ser valorados caso por caso. Por supuesto que hay reglas, teorías, y guías que nos pueden ayudar en el camino, pero nunca habrá un algoritmo perfecto que pueda determinar de manera matemática la corrección ética de una acción. Y dado que el contexto—la cultura, el sentir de otras personas, la motivación personal, etc.—es tan importante en la ética, creo que lo más cercano a una “objetividad” que se puede lograr es la intersubjetividad. La intersubjetividad es el acuerdo que supera la oposición entre una objetividad inexistente (porque no hay una mirada que sea absolutamente independiente de los sujetos que miran) y una subjetividad contaminada por intereses y prejuicios personales y culturales. ¿Cómo acceder entonces a la intersubjetividad? Dialogando; esa es la manera más efectiva de asegurarte que tus hábitos, educación, y prejuicios, no estén dominando tu decisión. Habla con otras personas, aprende de experiencias ajenas que sean similares a la tuya, trata de ponerte en los zapatos de los demás, considera otros puntos de vista, pregúntale a las personas cómo se sentirían si hicieras esto o aquello, aprende de otras culturas, infórmate lo mejor que puedas leyendo sobre el tema que te preocupa, trata de buscar argumentos que puedan rebatir tu postura, y al final toma la decisión de la manera más honesta que puedas. La responsabilidad individual dicta que tu juicio vale más que el de los demás para tomar una decisión, pero el adoptar diferentes perspectivas te ayudará a valorar mejor el grado de sufrimiento o bienestar que puedes causar.

Si bien la deliberación ética no promete certezas matemáticas ni atajos algorítmicos, sin duda contribuye a un refinamiento de las capacidades reflexivas y de la sensibilidad hacia los puntos de vista y el sufrimiento ajenos, que no es poco.

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10 pensamientos en “Ética y objetividad

  1. David dice:

    Nunca había leído una reflexión tan clara sobre este problema tan común y al mismo tiempo tan complicado en la moralidad del día a día. Gracias

  2. M dice:

    Complicada la pregunta y espectacular la respuesta. Gracias.

  3. Luciano dice:

    Estupenda reflexión. Sólo añadiría que el comportamiento ético, además de no dañar (entiendo que se usa como un criterio mínimo y básico), busca también beneficiar activamente a otros y a uno mismo (aunque sea con las mismas precauciones que se apuntan en general). Ambas cosas son imprescindibles y están en pie de igualdad.

  4. Borja Fernández dice:

    ¡Lo primero muchísimas gracias por tu extensa respuesta!

    Dado que se trata de una cuestión realmente compleja no esperaba soluciones sencillas, y sin embargo has logrado plantear conceptos e ideas para poder hacer un acercamiento a través de la reflexión, el diálogo y la honestidad que nos permitan elegir con coherencia y con ética.

    Leerte me ha dado mucho sobre lo que pensar, y también un montón de preguntas, pero por plantearte solo una, si he entendido bien apuntas el concepto de “sensibilidad moral” como herramienta o barómetro que nos permita elegir lo moralmente deseable. Pero, ¿podrías concretar qué es para ti esa sensibilidad moral? ¿Es la empatia equivalente? ¿Crees que es una característica innata o una habilidad que se puede “entrenar”? Me interesa por el papel que puede jugar a la hora de equilibrar esa reflexión moral necesaria a la hora de tomar una decisión.

    De nuevo, un placer leerte

    • cveliz dice:

      Al contrario, Borja, gracias a ti por tus excelentes preguntas y tu participación invaluable en este blog.

      Definitivamente creo que la empatía es un componente importante en la sensibilidad moral. Saber lo que sienten otras personas (aunque sea de manera aproximada) es indispensable para saber cómo actuar adecuadamente con esas personas. Pero creo que también hay otros elementos importantes y relacionados. La sensibilidad moral también incluye ser capaz de adivinar qué pueden sentir otras personas (antes de que lo sientan) si haces una cosa u otra, el deseo de que otras personas y animales no sufran (uno puede tener empatía y desearle mal a alguien), la capacidad de ser igual de sensible con personas cercanas a ti que con extraños, el respeto a las ideas y sentimientos de otras personas aún cuando no las comprendas, etc. Y sí me parece que esta sensibilidad, si bien tiene algo de innato, puede entrenarse y desarrollarse. De hecho, en parte de eso va mi tesis doctoral. Es un tema que me apasiona. Te dejo el reporte de un estudio de psicología que sugiere que la compasión y el altruismo pueden entrenarse: http://www.psychologytoday.com/blog/the-athletes-way/201305/compassion-can-be-trained.

      ¡El placer es mío! Muchos saludos.

  5. Carmen dice:

    Muy completos tus comentarios y reflexiones, Carissa. Lo único que me gustaría añadir es que, además de la ética que te enseñaron en casa, la vida te va poniendo pruebas en el camino que te hacen reevaluar o complementar aquel código temprano. A veces, vuelves la cabeza atrás y te das cuenta que tu código hoy es mejor que ayer, que hoy no hubieras hecho esto o aquello que hiciste ayer. Cuando eso pasa, hay que dar un suspiro de alivio al pensar que hoy eres una mejor persona que la que fuiste ayer.

    • cveliz dice:

      Muchas gracias por tu comentario, Carmen. Creo que tienes toda la razón. No sé qué es más importante: si la educación que se recibe en la niñez o la auto-educación que es fruto de la experiencia y el querer convertirte en una persona mejor. Quizás sean igual de importantes.

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