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La ética de la desobediencia

Desobediencia etica 3

A pesar de lo mucho que se alaba la democracia de dientes para afuera, lo cierto es que la autoridad, entendida como una supremacía incuestionable, sigue siendo uno de los pilares fundamentales—aunque a veces implícito—de nuestra sociedad. No hay más que echar un vistazo a las escuelas y colegios, en donde la arquitectura suele parecerse más a una cárcel que a un espacio de colaboración y aprendizaje, y en donde el número de reglas suele sobrepasar el número de preguntas exploradas. Quizás como resultado de una educación autoritaria, tendemos a asociar la ética con una enumeración de reglas, con obedecer a la autoridad en turno, como si ser una buena persona fuera equivalente a seguir las reglas impuestas, como si actuar correctamente fuera tan fácil como dejar que otros piensen por nosotros, como si se pudiera rendir la responsabilidad individual a una lista de normas.

Un vistazo rápido por la historia evidencia que muchas de las más grandes inmoralidades se han cometido precisamente por obedecer a la autoridad en turno. ¿Cuántas veces se habrá escuchado la vieja excusa de “yo sólo estaba siguiendo órdenes” de los labios de asesinos y torturadores? Es la obediencia ciega y la adecuación maquinal a una autoridad o un sistema infame lo que la filósofa Hannah Arendt denominó la banalidad del mal. La cultura popular retrata lo malvado como algo externo, ajeno, profundamente satánico, inherentemente perverso, rebosante de malas intenciones, insensible, frío, calculador, psicópata. Sin duda ese mal existe, pero es siempre minoritario. Lo que permite que el mal maléfico se extienda y cobre proporciones titánicas (considera la inquisición o el nazismo) es el mal banal: el mal perpetrado de manera cotidiana por el ciudadano de a pie que se cuadra, de buena o mala gana, ante una supremacía que al reclamar su responsabilidad moral lo despoja de humanidad. No nos engañemos, el enemigo está dentro y no se parece nada a los cuentos de niños.

Ya lo dijo Marguerite Yourcenar en su magnífica novela histórica Memorias de Adriano: “Nuestras colecciones de anécdotas están llenas de historias sobre gastrónomos que arrojan a sus domésticos a las murenas, pero los crímenes escandalosos y fácilmente punibles son poca cosa al lado de millares de monstruosidades triviales, perpetradas cotidianamente por gentes de bien y de corazón duro, a quien nadie pensaría en pedir cuentas.”

A todos nos gusta pensar que, de haber vivido en Alemania en la época del nazismo, por ejemplo, sin duda habríamos tenido una actuación heroica; a la mayoría de nosotros nos es inconcebible imaginarnos como nazis. Lamentablemente, la evidencia empírica no está de nuestra parte. Inspirado por el juicio del nazi Adolf Eichmann (el mismo juicio que inspiró a Arendt para desarrollar su teoría de la banalidad del mal), el psicólogo social Stanley Milgram diseñó un experimento en los años sesenta para poner a prueba la voluntad moral de las personas comunes y corrientes.

El experimento se compone de tres personas: el experimentador, un “maestro” (un participante voluntario) y un “alumno” (un experimentador que se hace pasar por un sujeto voluntario). El experimentador le informa al maestro que el experimento busca entender los mecanismos relacionados con el aprendizaje, la memoria, y el castigo. El trabajo del maestro consiste en leerle una lista de palabras al alumno para que éste las memorice y se las pueda repetir al maestro. Cada vez que el alumno se equivoque o no responda, el maestro debe administrarle una dosis creciente de descargas eléctricas. Las descargas empiezan por ser de 15 voltios (equivalente a un cosquilleo desagradable) y pueden llegar a ser de 450 voltios (una descarga letal). Las etiquetas de las descargas indican la magnitud de la descarga, que oscila entre descarga leve, descarga de extrema intensidad, peligro: descarga severa, y xxx. A los 75 voltios el alumno empieza a quejarse, a los 150 voltios grita de dolor y pide que le dejen ir, que ya no quiere participar en el experimento, a los 285 informa que tiene un padecimiento cardiaco y se encuentra mal, a los 330 voltios el alumno deja de responder. En realidad las descargas son ficticias (al igual que las quejas), pero el participante no lo sabe, pues una pared opaca lo separa del alumno, a quien solamente puede escuchar. Los resultados del experimento son estremecedores: un 65% de los participantes llegaron a descargas letales de 450 voltios. El 100% de los participantes (algunos nerviosos, sudando, quejándose, planteando dudas, y otros tranquilamente) llegaron a dar descargas intensas de 300 voltios.

Si bien hay una distancia considerable entre este experimento y un fenómeno como el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, el experimento no deja de ser sugerente. Muestra lo difícil que es desobedecer abiertamente, de frente, a la autoridad, incluso cuando la presión es leve, y nos alerta sobre los peligros de la obediencia.

Hoy en día el autoritarismo no siempre es fácil de identificar. Los poderes del mundo han comprendido que, la mayoría de las veces, la estrategia de la seducción publicitaria es más efectiva que la dominación por la fuerza. Aunque los titanes de nuestro mundo no pierden ocasión para recordarnos la fuerza bruta que poseen, la mayoría de nosotros nunca llegamos a recibir una orden o amenaza clara y contundente. Las órdenes y normas—seductoras, sutiles, engañosas, barnizadas con un lenguaje eufemístico—nos llegan en cambio por todos los medios de comunicación por los cuales se propagan la ideología, la moda, el conformismo, el egoísmo, el miedo, la sumisión, y las justificaciones clichés (que normalmente se basan en una falta de perspectiva histórica y usan como excusas la complejidad de la vida moderna y la omnipresencia inescapable de una manera u otra de hacer las cosas). A su vez, nuestra complicidad con un sistema nefasto puede no ser tan obvia como dar descargas eléctricas o usar un fusil; puede ser tan sutil como comprar ciertos productos o aceptar sumisamente leyes injustas.

¿La moraleja? Tal vez estamos viviendo en el mundo al revés. En vez de rompernos la cabeza por las supuestas normas morales (o sociales, o estéticas) que estamos infringiendo, para llevar una vida más ética quizá sea más adecuado empezar por preguntarnos qué normas estamos cumpliendo que merecen ser desafiadas.

Bibliografía de interés

El reporte de Hannah Arendt del juicio de Adolf Eichmann y su teoría sobre el mal se encuentran en su libro Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal.

El experimento de Stanley Milgram, con sus muchas variaciones posteriores, se encuentra en su libro Obediencia a la autoridad: Un punto de vista experimental.

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